Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2006.

06/10/2006

El pan nuestro de...

Era un mendigo, un vulgar ratero que conocía de las grandes estafas y ladrones de cuello blanco por los periódicos que conseguía encontrar hurgando en la basura. Él jamás tendría una oportunidad así en su vida; estaba condenado a vaciar carteras y bolsos de turistas en la céntrica calle de Las Ramblas. Es viernes por la tarde, y con su cojera fingida y la cabeza ladeada se acerca tranquilamente a un grueso y sudoroso aleman que apuesta una y otra vez por el cubilete erróneo que le ofrece un hábil estafador callejero. Se sitúa detrás suyo y le sugiere, susurrándole al oído, que opte por el cubilete de la derecha; el aleman se gira y le sonríe estúpidamente, sin entender una palabra de lo que ha dicho, y vuelve a errar en su apuesta. El mendigo, entonces, le coge la mano y se la acerca, en la siguiente jugada, al cubilete que contiene la pelotita. Acierta, y el alemán ríe feliz y bota y brinca en medio de la calle, por lo que el que le ha hecho el favor se lo cobra sisándole la abultada cartera mientras el otro, ajeno a esto, le da palmaditas en la espalda al que hasta hace unos pocos segundos le estaba estafando mediante este conocido juego callejero.
06/10/2006 16:11 Autor: elpoetaenelvagon. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

De un bar (incompleto)

El Don Porfirio, a pesar de esa pretendida burguesización a través de su nombre,es un garito de lo más chusco. En ese nido de ratas y todo tipo de degenerados, quizás por el veneno que sirven por bebida o quizás por el constante parpadeo histérico de los focos de colores, afloran al momento los instintos más violentos y primarios. Atravesar la vetusta puerta, forrada de pósters de cantantes cutres y choriceros, significa volver a la Edad Media, donde una mala mirada exigía un duelo a muerte. Rozando traseros moldeados a palmetazos de vigoroso amante y embutidos en unas diminutas faldas; frotando miembros sobreexcitados por la proximidad de lujuriosas féminas, el desgraciado visitante chorrea sudor, contribuyendo así a hacer aún más rancio y apestoso el ambiente del miserable [antro]. Mariquitas enfundados en prietas camisetas, ramerillas quinceañeras que trabajan a tiempo parcial y sin cobrar, rústicos y primitivescos nativos del lugar, viejas glorias con los pechos colgando fláccidamente y la jeta embadurnada con repugnantes mejunjes carísimos e ineficazmente rejuvenecedores. La fauna es tan variada como deprimente e inquietante. Los altavoces escupen sin interrupción estridentes tonadas que los más entusiastas insisten aún en denominar música, mientras que quien hasta el desafortunado momento de entrar en ese antro de vicio e indecencia era una persona equilibrada psíquicamente, chilla y llora, histérico, perdido todo juicio por la abrumadora y criminal música. A modo de altar, en la barra del tabernáculo se ofrecen todo tipo de milagrosos brebajes a un precio escalofriante, que haría perder el control y la compostura al mismísimo sultán de Brunei. Sin embargo, se paga religiosamente ese despótico y desproporcionado diezmo, por el bien del Dios Cuerpo y su viaje al espacio sideral durante unas breves (y estúpidas) horas.

06/10/2006 16:12 Autor: elpoetaenelvagon. Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

30/10/2006

Tienes una historia que contar

 

 I

Un niña de apenas doce años camina lentamente por una céntrica calle de Bogotá. Los coches que pasan a su lado reducen la marcha al acercarse; los ocupantes la observan con deseo y tocan el claxon. Ella se gira e intenta sonreir coqueta, pero tan sólo consigue esbozar una mueca mientras el rubor enrojece sus mejillas y su mirada expresa una derrota mil veces asumida. 

II

Son las diez de la noche y la chiquilla cuida a su hermanito. Estan solos en la casucha, construida con tablones de madera a modo de paredes y tablas de zinc como tejado. Las nubes amenazan con tormenta y pronto el interior de la mísera barraca se verá acribillado por incontables gotitas que se filtrarán por los resquicios que hay en techo y paredes. La niña extrae del interior de un viejo baúl un par de cazos de metal que coloca en el suelo, donde sabe que caerá más agua. Esta pequeña muestra de previsión le hace sentir importante y le dice a Moncho:

—Mira, Monchito, esto es para que no se moje el suelo, ¿ves? El agua cae dentro. Dale, pon una tú.

El niño mira confuso a Yesenia, y ella le pone en la mano el segundo cazo para que lo vuelva a colocar bajo la gotera. Sus manitas, embadurnadas de mugre, agarran avarientas el pedazo de metal y lo manosean antes de lanzarlo al otro extremo de la estancia. La niña sacude ante él un índice acusador y le atiza un par de cachetes en el trasero. Moncho se pone a llorar. Sus lloros atraviesan la frágil estructura de la chabola y rasgan el aire sobrecargado de la barriada, dispersándose por las callejuelas de los alrededores. Aún no ha terminado de llorar cuando se pone a llover; primero, sólo es un casi imperceptible redoble en el tejado de zinc; después, el agua se desborda y empieza a anegar los cazos. Yesenia entonces levanta a su hermano en brazos y lo lleva a la habitación que comparten con sus padres. Le acuna durante unos instantes, pero Moncho sigue llorando.

    Monchito, no llores, no te golpeé tan duro. Va, calla, duerme.

Y le deja en la cuna de madera. La chiquilla sale a la calle y contempla los relámpagos que iluminan el valle, mientras continúa escuchando la llorera de su hermano. Le ignora y sigue ahí, sentada frente a la puerta, esperando a sus padres que ya tardan en llegar. Al cabo de un rato se cansa y se dirige al interior de la barraca, hacia el fogón que humea y enrojece los ojos. Tiene hambre. El bol de madera de Monchito aún contiene un poco de arroz y unos cuantos frijoles, que unas ratas están husmeando. “Esto me bastará”, piensa la niña, y aparta a las ratas con un palo para después engullir rápidamente tan mísera cena. Se sienta en un taburete y empieza a balancearse alante y atrás, alante y atrás, tarareando una canción.

Esperará toda la noche, otra noche, y nadie llegará rendido del trabajo. Nadie le besará en la frente, ni le arropará, ni le dará un dulce envuelto en papel de colores. Y sabrá que está sola.   

 

30/10/2006 05:52 Autor: elpoetaenelvagon. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.


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