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elpoetaenelvagon

Tienes una historia que contar

 

 I

Un niña de apenas doce años camina lentamente por una céntrica calle de Bogotá. Los coches que pasan a su lado reducen la marcha al acercarse; los ocupantes la observan con deseo y tocan el claxon. Ella se gira e intenta sonreir coqueta, pero tan sólo consigue esbozar una mueca mientras el rubor enrojece sus mejillas y su mirada expresa una derrota mil veces asumida. 

II

Son las diez de la noche y la chiquilla cuida a su hermanito. Estan solos en la casucha, construida con tablones de madera a modo de paredes y tablas de zinc como tejado. Las nubes amenazan con tormenta y pronto el interior de la mísera barraca se verá acribillado por incontables gotitas que se filtrarán por los resquicios que hay en techo y paredes. La niña extrae del interior de un viejo baúl un par de cazos de metal que coloca en el suelo, donde sabe que caerá más agua. Esta pequeña muestra de previsión le hace sentir importante y le dice a Moncho:

—Mira, Monchito, esto es para que no se moje el suelo, ¿ves? El agua cae dentro. Dale, pon una tú.

El niño mira confuso a Yesenia, y ella le pone en la mano el segundo cazo para que lo vuelva a colocar bajo la gotera. Sus manitas, embadurnadas de mugre, agarran avarientas el pedazo de metal y lo manosean antes de lanzarlo al otro extremo de la estancia. La niña sacude ante él un índice acusador y le atiza un par de cachetes en el trasero. Moncho se pone a llorar. Sus lloros atraviesan la frágil estructura de la chabola y rasgan el aire sobrecargado de la barriada, dispersándose por las callejuelas de los alrededores. Aún no ha terminado de llorar cuando se pone a llover; primero, sólo es un casi imperceptible redoble en el tejado de zinc; después, el agua se desborda y empieza a anegar los cazos. Yesenia entonces levanta a su hermano en brazos y lo lleva a la habitación que comparten con sus padres. Le acuna durante unos instantes, pero Moncho sigue llorando.

    Monchito, no llores, no te golpeé tan duro. Va, calla, duerme.

Y le deja en la cuna de madera. La chiquilla sale a la calle y contempla los relámpagos que iluminan el valle, mientras continúa escuchando la llorera de su hermano. Le ignora y sigue ahí, sentada frente a la puerta, esperando a sus padres que ya tardan en llegar. Al cabo de un rato se cansa y se dirige al interior de la barraca, hacia el fogón que humea y enrojece los ojos. Tiene hambre. El bol de madera de Monchito aún contiene un poco de arroz y unos cuantos frijoles, que unas ratas están husmeando. “Esto me bastará”, piensa la niña, y aparta a las ratas con un palo para después engullir rápidamente tan mísera cena. Se sienta en un taburete y empieza a balancearse alante y atrás, alante y atrás, tarareando una canción.

Esperará toda la noche, otra noche, y nadie llegará rendido del trabajo. Nadie le besará en la frente, ni le arropará, ni le dará un dulce envuelto en papel de colores. Y sabrá que está sola.   

 

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3 comentarios

Carlos -

Su espera no es eterna. Interpretando el texto de forma freudiana, entenderás que encuentra la figura paterna la primera noche de 'excursión'.
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desaparecido -

el ritual de la eterna espera...

saludos!!

Hard.- -

Me alegra que, pese a continuar con ámbientes sordidos llenos de mugre, cambies los temas más calientes, por otros más tiernos.
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