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elpoetaenelvagon

Recordando...

 

 

 

 

Se levantó del escritorio, estaba harto de versar sobre desamor y suicidios; tras toda la noche en vela alimentando la inmensa pira que era su corazón, decidió que había llegado el momento de escribir una historia sospechosamente incierta, un canto al amor que se descubre tan sólo de madrugada, al abrir con sigilo la puerta y desaparecer en la quietud de la calle tras una noche de pasión. Una historia sin venganzas ni chuchillos brillando en la oscuridad sobre los lechos, sin palizas al descubrir las sábanas hediendo a sudor. Los primeros rayos del sol se filtraban ya por entre las rendijas de la persiana; empezaba a oírse ajetreo en la calle, que no cesaría en todo el día; los conductores daban bocinazos, preocupados por no acumular otro retraso en el trabajo. Ciertamente era un día de lo más normal, pero la historia que iba a relatar era muy distinta, más personal, íntima y peligrosa que las que había escrito hasta el momento. Quién sabía qué iba a añorar, qué iba a lamentar de nuevo, otra noche, tras la máquina de escribir. Café, pensó al momento. Iba a necesitarlo.

Empezó enseguida, le agradaba la idea de recordar breves retazos de su vida a medida que los iba intercalando entre línea y línea de esta nueva historia. Imprescindibles, él y ella, ambos jóvenes y con ganas de vivir. Ella, altiva, distante, una rubia de interminables piernas y curvas vertiginosas, lo tenía todo para triunfar; el mundo que la rodeaba estaba incondicionalmente a sus pies. Él, por el contrario, no tenía nada de espectacular: callado, tímido y solitario; además, su discreta cojera, conocida por todos, hacía de él un joven marginado los viernes y sábados de fiesta.

Noelia, la diosa, la musa de los poetas que deambulaban por los apartados rincones de la universidad, acostumbraba a dejarse ver por la cafetería más concurrida del campus. Cada día desfilaba, cada día sus largas piernas embelesaban a profesores y alumnos, y cada día era agasajada por unos y por otros, invitada a cuanto quisiera tomar, admirada y envidiada. Adorada.

Él, sin embargo, siempre se sentaba apartado, acompañado únicamente por un libro. De vez en cuando alguien se le acercaba y charlaba con él, pero eso raramente ocurría. Su mesa preferida era la del rincón, en el extremo izquierdo de la cafetería. Esa zona era como su pequeño oasis particular; ahí dejaba pasar las horas, tranquilamente, leyendo o trabajando; ahí hacía y deshacía a su antojo, cuantas veces quisiera, su teatro anímico; ahí soñaba con Noelia, en silencio imaginaba y creaba. Alguien le dijo una vez que todo el mundo tiene un director de cine dentro.

  

 

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