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07/12/2006
La Navidad está en la calle
— Cariño, ¿qué tal el día?
La voz engolada de su mujer recorre los pasillos de la casa y le recuerda el encargo que le han mandado hoy de la editorial. Cansado, deja las llaves del coche en la mesa del recibidor y se dirige al cómodo y acogedor salón hábilmente decorado por la prestigiosa Isabel Farré.
— Bien, me han ofrecido trabajo. Un escrito acerca de la Navidad.
— ¡Eso es fantástico! En estas fechas te resultará más fácil hablar de paz, amor, solidaridad, altruismo…
Roberto no lo puede evitar y suelta una carcajada sarcástica. Repentinamente ha recordado que el año pasado, por estas fechas, Estados Unidos sopesaba construir el mayor muro fronterizo del mundo para blindarse frente a México, mientras miembros de Sendero Luminoso emboscaban y asesinaban a siete policías en Perú.
— ¿Pasa algo, cariño?
— No, qué va. Todo va genial — dice, y se levanta del sillón.
— ¿Adónde vas?
— A la calle, a coger ideas para el cuento.
— Pero si es 24 y aún tenemos que hacer unas compras…
La puta cantinela de todos los años, se dice Roberto, asqueado. Sin embargo, le responde con un “volveré pronto, descuida” y un guiño amistoso.
Joder, qué frío, piensa ya en la calle y, arrebujándose en su abrigo se dirige al Raval, el barrio más conflictivo de la ciudad condal. Llega en metro a Plaça Catalunya y baja por Las Ramblas hasta la calle Tallers, la primera bocacalle a la derecha. Las tiendas de discos e instrumentos musicales están cerradas a esas horas de la noche y, en el portal de la bien conocida Revólver, un par de borrachos, débilmente iluminados por el resplandor de las farolas de Las Ramblas, se abrigan con unas mantas raídas mientras hablan con sus botellines de plástico de alcohol 96°. Sin duda este es el portal más olvidado de la Historia, reconoce Roberto. Con un movimiento de mano ensayado, deja caer un billete de 10 euros y sonríe beatíficamente a los dos individuos. Al momento se da cuenta de la prepotencia de su gesto y de que una calderilla no le convierte en una mejor persona. Sin embargo, los borrachos ya se han abalanzado sobre el billete y, entre gruñidos, pelean por él hasta que lo rompen y cada uno se queda con una parte. Enseguida exigen un nuevo billete a Roberto, que les ignora y continúa adentrándose en el barrio. Lleva ya un rato callejeando cuando se da cuenta de que se ha perdido. En la calle en la que se encuentra tan sólo se ven comercios árabes abiertos y llenos de clientes norteafricanos y pakistanís. Sin embargo, pronto observa que no son los únicos profesionales que trabajan esa noche. Las prostitutas nigerianas también hacen horas, y se ven rodeadas por una caterva de jóvenes magrebís que las acosan y saben que hacen un descuento de dos por uno en Navidad. Esta es la avenida de la ruina y el paganismo, el símbolo de una vida salvaje, pero fantasma y obviada por las autoridades y la ciudadanía de los barrios altos. Roberto sabe que estas escenas son buen material para su cuento de Navidad, y las graba en su mente.
Deja atrás la calle Sant Pau y arriba a una pequeña plazoleta en la que varios mendigos ofrecen artículos recién sacados del contenedor. Se acerca y agarra un pequeño perro de peluche enmohecido por la humedad, pero antes de poder acercárselo a la nariz para intentar adivinar a qué huele, uno de los marginados se lo arrebata con manos temblorosas y, delicadamente, lo vuelve a colocar en su lugar, sobre los periódicos extendidos en el pavimento. Roberto entonces pregunta el precio.
— Seis euros.
— Vaya, ¿dónde no hay ya afán de lucro? El espíritu mercantil lo impregna todo…
— Oiga, cómprelo o no, pero a mí déjeme en paz.
Divertido, Roberto intenta arañar unos cuantos céntimos:
— Venga hombre, que es Navidad. Rebájemelo un euro.
El viejo extiende la avariciosa mano y se mete rápidamente la moneda en la ropa interior, a salvo de la codicia de sus compañeros.
— Usted viene aquí, hablando de Navidad y dinero, pero se aprovecha de la situación. Recuerde esto: cuando sus conocidos le pregunten cuánto le costó este perro y usted les cuente la historia, sus esputos serán los míos.
Roberto, hastiado ya del paseo, decide volver al calor de su hogar para sentarse frente a la televisión y ver anuncios divertidos de productos que sin duda comprará. El perro de peluche enmohecido –genial adquisición- le ayudará a escribir un cuento de Navidad basado en hechos reales, un cuento sin trampa ni cartón, sin colores llamativos ni frases descafeinadas. Qué bonita es la Navidad, piensa Roberto, y enciende el televisor.
Una mirada y una sonrisa
Ahí está, en pie, apoyada la espalda contra el poste. Su cuerpo se balancea suavemente al ritmo del cabeceo del muelle flotante. Está sola; su mirada es profundamente triste, y ya desde el primer vistazo mueve a la compasión. Sostiene caída, con la mano derecha, una máscara de carnaval, ya inservible en este vaporetto que le devuelve a su casa, después de una misión fallida y perdida toda esperanza de volver a ser feliz a corto plazo. Ojos perfilados de negro, mirada penetrante y profundísima en donde uno teme perderse y no conseguir salir jamás o, en cualquier caso, mirada imposible de olvidar nunca y expulsar de la mente, tan impresionante es. La cara maquillada, perfectamente ovalada, permite expresarse a los labios pintados de rojo, insinuantes, pero con un rictus de amargura que impide desearlos pasionalmente; antes bien, susurrarles de cerca un ánimo o una historia en la que la princesa se casa con su príncipe azul y viven felices por siempre, para así hacerlos sonreír otra vez esta noche.
Decido intentar hacerle olvidar aquello que le hace infeliz, aunque tan sólo sea durante unos breves segundos, y le guiño un ojo. Y ella me ve, y sonríe, olvidando…
27/12/2006
La función ha terminado. Bajad el telón.
Hoy me ha dejado mi novia. La escena ha resultado de lo más triste: ella y yo sentados en un banco, comentando amigablemente el hecho de que ella en breves me iba a dejar definitivamente, y de que yo, embriagado del típico dolor de un enamorado despechado, no echaría la mirada atrás y seguiría el camino de mi vida tratando de olvidar momentos que se realizaron para recordarlos siempre. Esos momentos sé que me atormentarán mucho tiempo, y que en cuanto me pare a pensar con calma, y todo el ruido cese a mi alrededor, esas escenas pasadas volverán y me herirán. Pero llegará el día en que recuerde todo como una lección más de la vida, y ella será tan sólo una muchachita que me trató mal, y que perdió la cordura y se lanzó al abismo conociendo su profundidad y la imposibilidad de una marcha atrás.
Sentados en el banco se ha excusado, se ha descrito como el ser egoísta y despreciable que en realidad es y, por último, ha llorado. Maldita piedad la que sentí entonces por ella, y que me llevó a rodearla con mis brazos y susurrarle palabras optimistas al oído. Puro teatro. Actriz consumada. Tres meses de relación y es en un banco y a punto de ser abandonado en la cuneta cuando me doy cuenta de su habilidad para confundir y confundirse, y ser entonces la fabulosa intérprete que a todos engatusa. Me siento ridículo, manipulado, fácil. Me ha herido en mi orgullo, el poco que me quedaba después de tantos desplantes. Sin piedad, echando mano de todos sus trucos de manipuladora de corazones, ha conseguido lo que esperaba: una relación pretendidamente seria que finaliza cuando el cliente no está satisfecho con el producto, sean cuales sean las razones. Las razones reales casi nunca se saben; esta es una de esas ocasiones. Una frase más o menos bonita, otra más o menos cutre, y una última absolutamente inconcebible para acabar de una forma tan brutal una relación que, con un poco de riego y mimo, prometía. El patetismo de la escena es digno de las mejores películas de amor con final malísimo, esas que hacen vomitar de asco al público entre puñado y puñado de palomitas. Algo así ha sido. Y entre lloros, risas incluídas. Risas a modo de defensa, claro está; risas irónicas, cáusticas, mordaces. Risas que a dentelladas esquirlan la poca seriedad que queda en la relación. Risas que retumban en los oídos de la actriz y le hacen perder los papeles; estupefacta, se gira ansiosa hacia su público y señala con dedo acusador a quien ha osado interrumpir su colosal actuación. Con gesto irritado, mira a los ojos al saboteador y entiende que ha sido descubierta, y que la película nunca podrá convertirse en realidad por más que actúe, y actúe, y actúe, y actúe, y actúe, y actúe, y actúe, y actúe, y actúe, y actúe, y actúe, y actúe, y actúe...
La función ha terminado. Bajad el telón.
30/12/2006
Cuento ruso
Era otoño, y ya empezaba a hacer frío en Zhigansk, la provinciana ciudad norteña a la que se había mudado recientemente Iván. El viento silbaba y se escurría por los callejones del barrio antiguo de la ciudad. Las farolas iluminaban débilmente el suelo empedrado, y aquí y allá afloraban pequeños comercios a punto de quebrar. La crisis económica también se dejaba notar en este apartado rincón del mundo. Distraídamente, Iván se arrebujó en su gabardina y aceleró el paso. Tenía prisa aun cuando no iba a ninguna parte. Simplemente era otro más de sus paseos diarios a altas horas de la noche, en los que su mente andaba ocupada creando historias imposibles y mundos mejores. Esa era su pasión y su trabajo. Al llegar a una esquina, se fijó en una pequeña librería que nunca antes había visto, aunque sin duda, por lo antiguo de su rótulo, debía llevar muchos años en el negocio. Le extrañó que estuviese abierta y, curioso por saber qué escondía ese librero noctámbulo, pasó a su interior. Ya dentro, avanzó en la penumbra hasta una vieja estantería combada por el peso de los libros y manuscritos polvorientos que la atestaban. Ojeó ávidamente los títulos de los libros; su excitación fue en aumento a medida que descubría, una tras otra, las obras de los clásicos, ahora tan difíciles de encontrar debido a la despiadada quema de libros prohibidos perpetrada por los bolcheviques. Sabiéndose partícipe de un importante secreto, tal vez de una conspiración cultural dirigida a derribar los muros de la literatura propagandística revolucionaria, Iván se sintió en el deber de conocer al librero y apoyarle como pudiera en su cruzada. Deambuló un rato más por ese singular templo del saber, extasiándose con cada nuevo descubrimiento, hasta que se encontró de frente al librero, que tenía en sus manos un curioso ejemplar: La consolación de la filosofía, de Boecio, encarcelado por la falsa acusación (“¡Ese hombre ha plagiado mi libro!”) del político Cipriano. El librero interrogó a Iván con la mirada, haciéndole salir de su ensimismamiento. Entonces el anciano, ahora acuciado por las preguntas de Iván, le informó de que esos libros ya los habían tenido a la venta su padre y su abuelo, pero que debido a las nuevas corrientes políticas ya nadie quería adquirirlos, porque a nadie interesaban. Añadió, además, que la razón por la que abría a esas altas horas era la de evitar que gentes indiscretas pudiesen divulgar qué obras vendían allí; quienes estaban verdaderamente interesados por la literatura clásica ya conocían sus insólitos horarios y se dejaban caer por la librería en algún momento de la noche. En ese instante brotó profuso el amor que sentía Iván por el arte, y decidió volver todas las noches.
Ya volviendo a su habitación alquilada en un discreto hostal, sintió que alguien le seguía. Si él torcía por una bocacalle, el ruido sordo de pasos en la noche torcía por esa misma bocacalle. Se fijó en que esa coincidencia se repetía más de tres veces en pocos minutos, y entonces echó a correr. Un grito rasgó la quietud del barrio y se escucharon unos disparos. Sin embargo, Iván siguió corriendo, y se dio cuenta de que esa persecución a la que se veía sometido tenía que ver con su reciente visita a la librería. Realmente no sabía si era la autoridad gubernamental o un esbirro cualquiera al servicio del nuevo régimen quien le perseguía, pero eso poco importaba ahora que había oído los disparos. Debía huir. Zigzagueando por las estrechas callejuelas encontró al fin una puerta medio abierta, por la que se coló. Temblando de miedo, pegó el oído a la puerta y escuchó los pasos rápidos de su ocasional cazador alejándose. Pasaron unos tensos minutos de espera, en los que se sentía ahogar por la angustia. Cuando supo que ya no le encontraría, se relajó. Sólo entonces notó que en la estancia reinaba el silencio y la oscuridad. A tientas, logró encontrar una silla en la que sentarse y en la que al cabo de poco ya estaba dormido.
Le despertó una joven. Candil en mano, le miraba inquisidora. Él pretendió excusarse pero tan sólo farfulló unas palabras ininteligibles. La belleza de la joven, aún estando tan tenuemente iluminada, le había dejado sin habla. Ella, consciente del efecto que había producido en Iván, se ruborizó, y le ofreció enseguida un plato de sopa caliente. No sabía exactamente porqué, pero intuyó que podía confiar en ella, así que mientras se tomaba la sopa, Iván le explicó qué le había llevado hasta allí. Ella atendió silenciosa hasta el momento en el que él le habló de los disparos, momento en el cual soltó un gritito asustado, y le agarró con fuera la mano a Iván, preguntándole si estaba bien. Ese contacto significó para Iván la razón de todo lo que le había acontecido esa convulsa noche, y muchas otras anteriores. El Destino estaba por fin de su parte. La denuncia de contrarrevolucionario; el cierre de la editorial; la huida de San Petersburgo, ahora Leningrado; la pérdida de amigos y familiares luchando en el Ejército Blanco; el aullido del lobo estepario que rondaba el precario campamento mientras Iván se dirigía a Siberia... tras años de desgracias, por fin un poco de paz y de ternura. Se mantuvieron en silencio unos minutos, pensando y sintiendo, conociéndose con la mirada. El lenguaje de su sublime amor estaba en los ojos. Iván sabía que debía volver al hostal, pero retardó un poco más el momento de hacerlo. Cuando por fin entendió que debían despedirse, ella le acompañó a la puerta y le preguntó si volvería a verle. Iván entonces le miró a los ojos, unos ojos de un azul insondable, sonrió, y se fue. Mientras caminaba calle abajo, aún logró oír un tenue suspiro, pero no escuchó a sus espaldas el ruido de ninguna puerta al cerrarse.
